jueves, 7 de octubre de 2010

06 10 10


En el transcurso de mis días, he visto muchas vidas ser regidas por el antojo de la costumbre.

Compartir con una misma persona buenos y malos momentos, espolvoreados dentro de una larga etapa de nuestra historia, nos puede llevar a añorar o incluso a necesitar a ese ente a nuestra vera; sentir que el viento susurra su nombre en momentos estridentes o hasta a inventar su rostro, perdido en multitudes nunca antes contempladas...

El hábito puede nombrar a quien quiere, ofendiendo sin querer a los presentes y/o a los ausentes. Puede acomodarte hasta el punto de detener tu crecimiento y dejarte fluctuante en un mismo entorno hasta el deceso, pero la costumbre es dependiente, se vale de la rutina y del tiempo.

No se extraña por costumbre a una estrella fugaz o al invierno, aunque este último nos congele el alma por tres meses. Un vicio necesita abonarse del tiempo para adherirse al cuerpo.

Necesitar los regaños de nuestra madre cuando su ausencia sobrepasa los límites de la cordura, visitar distintos continentes acompañados de una misma almohada, imaginar nuestra casa familiar dejando escapar un suspiro desde las entrañas, imaginar que ese noviazgo de años nunca llegó a su final... eso si es por costumbre precisar.

La costumbre no es la razón...

Desconozco tu escritura, aunque a ojos vendados podría perseguir tu aroma por valles, jardines, junglas y sepulturas.

Ignoro si tienes cosquillas, sin embargo, tus temores mas ocultos, con el rocío de tus lágrimas me contaste un buen día.

Pese a que tu flor y tu color me siguen por cada avenida, eres capullo en crecimiento, nuevo incluso para ti misma.

Si bien mis manos reconocen tu figura, ninguna medida exacta domino de tu estructura...

Y entre otras cosas, como era de esperarse, el imprudente tiempo huyó de nosotros con tal cobardía, que dedos quedaron huérfanos para enumerar las veces que te hice mía.
Dedos sobrantes de nuestros días muertos, rostros alejados sin suficientes caricias, tardes de pasión congeladas en recuerdos y agonía...

Y aun sintiendo que te conozco mas que nadie en esta vida, ¿cómo puedo sentir eso, si no te has hallado todavía? si se que no tuve oportunidad de acostumbrar tu existencia a la mía...

Por tanto, segura estoy de que la costumbre no es la razón, mas me consume la incertidumbre por descubrir ¿cuál es la razón?

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